Recuerdo vívidamente mi primera ceremonia escolar en primer grado. Unos pocos niños, incluyéndome, subimos al escenario para recibir un premio del director ante filas de estudiantes y padres. No sé para qué era el premio ni el nombre del director, pero sí la intensa tensión que sentí. Esa experiencia quedó grabada en una foto familiar: mis labios irritados y agrietados por pellizcarlos nervioso durante todo el acto.
Poco después, me diagnosticaron trastorno de excoriación, un trastorno obsesivo-compulsivo que provoca un impulso irresistible y repetido de rascarse o pellizcarse la piel. Todos rascamos una costra ocasionalmente, pero en el trastorno de excoriación (o dermatillomania), este impulso se vuelve incontrolable. Ya sea viendo una película o revisando correos, entro en un trance, pierdo la noción del tiempo y puedo pasar horas hasta que sangra la zona afectada.
La condición varía en cada persona. Nunca me he mordido las uñas, pero pellizcar la piel seca de labios, cara u otras áreas accesibles me genera una sensación placentera. Me obsesiono con imperfecciones, explorando sus contornos y excavando en ellas. He lidiado con este hábito la mayor parte de mi vida; va y viene. Puedo tener pausas de hasta un año, especialmente rodeado de gente. Las recaídas ocurren con altos niveles de estrés, ansiedad o tensión, como durante exámenes universitarios, cuando usaba rituales y corrector para ocultar las marcas.
Al inicio de la cuarentena, sentí estrés, pero la ansiedad explotó semanas después con el distanciamiento social. Temía por la salud de mi familia y la falta de control ante un problema creciente. Como persona que necesita controlar su entorno, fue especialmente duro.
Empecé a pellizcarme más. El aburrimiento fue un factor, pero principalmente era una distracción: quitar piel muerta aliviaba capas de ansiedad. La compulsión actúa como manta de seguridad. Sin estrés, la controlo; de lo contrario, es mi única forma de 'manejar' la vida cuando todo se descontrola.
Aquí la ironía: el pellizco se vuelve incontrolable. No es falta de voluntad, como no poder evitar alergias o hipertensión. Hay terapias, medicamentos y tratamientos dermatológicos que ayudan. No hay cura total (habrá remisiones y recaídas), pero las estrategias adecuadas aceleran la recuperación.
Primero, identifica desencadenantes: externos (acné) o emocionales (estrés). Abórdalos. Para mí, piel seca agrava todo, así que uso cremas humectantes y humidificador. Si es por ansiedad, consulta a un profesional mental especializado en dermatillomania.
Hay estigma, pero no hay vergüenza. Comparte con alguien de confianza. Mi pareja de 7 años, con quien vivo, detecta el hábito temprano y me distrae con actividades. Usar guantes impide físicamente continuar.
La terapia de control de estímulos modifica el entorno para reducir impulsos. "Resiste el impulso cada vez más tiempo", aconseja Sanam Hafeez, MD, neuropsicóloga de la Universidad de Columbia en Nueva York. "En el trabajo, usa una pelota antiestrés. Medita con apps para principiantes o YouTube. Si falla, consulta a un terapeuta autorizado, incluso remoto, para entender y superar el trastorno".
Aún no estoy curado; como cualquier adicción, es recuperación continua. ¿Quiero tocar mi piel? Diariamente. La clave: detectar el impulso, identificar la causa y distraerme conscientemente. Ante el trance, pregunto: "¿Por qué lo hago?". Esa atención plena es el primer paso.