"Mira, qué linda es mi piel", le exclamé a mi esposo con una sonrisa. Él se sorprendió, y no era para menos. No suelo sentirme tan confiada con mi apariencia. Generalmente, priorizo la comodidad: jeans y camisetas son mi uniforme diario.
Ese día fue distinto. Acababa de superar el brote de eccema más intenso de mi vida. Manchas rojas y secas cubrieron mi cuerpo durante semanas. Bromeaba diciendo que tenía escamas como un pez o un lagarto. Mi sangre parecía lava ardiente, lista para erupcionar en cualquier momento.
Lo peor del eccema es que roba el tacto, uno de los placeres más básicos. Odio el contacto cuando mi piel está inflamada. Mi armario se reduce a prendas que no irriten, evitando bolsos, superficies lisas o incluso las caricias de mi esposo.
El eccema ataca sigilosamente. Cuando me atrapa, solo queda la picazón implacable. Intento funcionar, pero sufro en silencio. Es como un dolor crónico: rascarme empeora todo a largo plazo.
En su lugar, aplico cremas emolientes, tomo duchas frías, elijo ropa suave, evito sudar y resisto. Lucho por domar esa "lava" interna y transformarla en vitalidad. Tras días o semanas, el monstruo retrocede tan astutamente como llegó.
Nunca me he considerado una belleza clásica. Me gustan mi cabello castaño dorado (con mechas veraniegas) y mis ojos verdes, pero mi boca es pequeña, ojos juntos, nariz grande y dientes torcidos. De niña, destacaba por mi inteligencia, no por mi aspecto. Anhelaba ser notada por mi belleza, no solo por mi mente.
Me diagnosticaron eccema en la adolescencia, el peor momento para algo así. Afectaba dorso de manos y rodillas; rascarme lo agravó. Todos lo notaban, para mal.
Consulté a múltiples dermatólogos. Sin causa clara, evité dietas de eliminación. Probablemente sea por estrés, temperatura o humedad. Probé fototerapia y cremas, con alivio temporal. Hoy está controlado, pero sé que regresará.
Mi padre, diagnosticado recientemente, dijo: "Ahora entiendo tu infancia con eccema. Es una enfermedad real". Totalmente de acuerdo.
La mejor sensación es cuando el dolor cesa. Igual con el eccema: sin picazón, redescubro el mundo. Olvido imperfecciones y disfruto texturas: cachemira suave, taza fría, sábanas pesadas.
Mi piel, suave al tacto, me hace sentir hermosa. Mi esposo e hijos pueden abrazarme, y en esos instantes, brilla mi verdadera belleza.