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Complicaciones en el embarazo: cordón umbilical de dos vasos y placenta previa

A veces, el cordón umbilical o la placenta presentan variaciones anatómicas. ¿Deben preocuparte? Te explicamos lo esencial con información basada en evidencia médica.

Cordón umbilical de dos vasos

El cordón umbilical típico contiene una vena y dos arterias: la vena transporta sangre oxigenada de la placenta al bebé, y las arterias devuelven la sangre desoxigenada. En cerca del 1% de los embarazos, solo hay dos vasos (generalmente una vena y una arteria). En el 75% de estos casos, el bebé es completamente sano y la arteria ausente no implica problemas.

Sin embargo, en el 25% restante, puede indicar otras anomalías congénitas, algunas graves. Si se detecta, una ecografía detallada ayuda a descartar complicaciones evidentes.

En estos casos, el médico podría derivarte a un perinatólogo, especialista en embarazos de alto riesgo. Se recomiendan ecografías adicionales y, si lo deseas, pruebas genéticas. Esto permite confirmar si todo está bien o identificar desafíos específicos, facilitando decisiones informadas.

Los padres afrontan opciones variadas: algunos prefieren esperar al nacimiento; otros investigan y se preparan; una minoría opta por interrumpir el embarazo ante anomalías graves. Cualquiera sea la elección, es un momento emocionalmente desafiante.

En el 75% de casos sin anomalías, se vigilan posibles retrasos en el crecimiento intrauterino (RCIU). El cordón une al bebé con la placenta, y una circulación reducida podría afectar su nutrición y oxigenación.

El manejo incluye monitoreo estrecho y, si es necesario, parto inducido cuando el bebé esté listo para crecer mejor fuera del útero. Podría requerir UCI neonatal o adaptarse rápidamente al pecho materno.

Placenta previa

La placenta suministra oxígeno, nutrientes y sangre al bebé. Debe permanecer intacta hasta el parto.

Si cubre parcial o totalmente el cuello uterino (placenta previa), impide un parto vaginal seguro, ya que podría causar hemorragias graves en madre y bebé.

En la mayoría de casos, el crecimiento del útero inferior desplaza la placenta, resolviéndolo espontáneamente. Si persiste, se programa cesárea y se indica reposo en el tercer trimestre para minimizar riesgos. El seguimiento ecográfico es clave en los próximos meses.